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¡Bienvenido

Al Horror!

Que la muerte te sea leve. (Último capítulo)

  • 6 ago 2015
  • 10 Min. de lectura

La Redención de la Humanidad

Era una fría y desolada noche de invierno. En aquel paraje de algún lugar de la Meseta soplaba con fuerza un viento desapacible, que iba degradando el paisaje y desintegrando las rocas de menor consistencia. Konto estaba acostumbrado a ser arropado por la soledad y la incertidumbre del día siguiente. La fortuna no le había mostrado su desdentada sonrisa. Las fatalidades se acumulaban en un océano calamitoso que solo llegaría a su fin el día en el que los pulmones del león se desinflasen para siempre. La vida de un león se presuponía simple; Nacer, criarse en el seno de una manada que lo protegiese y le ofreciese las lecciones de caza y supervivencia necesarias para el futuro, abandonar la manada y granjearse una nueva, aparearse y obtener una progene sana, defenderla y abdicar preferiblemente en uno de sus hijos y, por último, despedirse de la vida vanagloriándose de haber cumplido su cometido para con la especie. Sin embargo la vida de Konto no había sido encomiable sino más bien desgarradora. El aspecto del león se mostraba desgarbado ante la atenta mirada de la luna, la cual le obsequiaba con una tenue luz que iluminaba un camino incierto y plagado de misterios. El suelo que pisaba no le resultaba molesto, el viento le mecía la exuberante melena y el camino podía verse con plausibilidad. Konto esperaba otear su sabana natal nada más cruzar al otro lado de la colina, pero su instinto le advertía todo lo contrario.

Tras deambular durante un par de horas sin rumbo el obstinado león no veía fin para el camino. No podía desistir. El viento arrastraba un olor que le repulsaba, un olor que hacía que se le erizase el vello del lomo. El camino estaba jalonado de bultos sospechosos, posibles bocados que alimentarían el estómago de un famélico león. Konto se abalanzaba sobre ellos con voracidad por temor a que alguien se lo escamotease. Sin embargo la mayoría de veces resultaban ser huesos descarnados y exangües que no proporcionarían alimentos suficientes ni para un cachorro. Nuevamente el hambre le socavaba la moral haciéndole imprudente y vulnerable a ataques imprevistos. La luna estaba en su cénit, el cielo comportaba un mosaico abigarrado de lucecitas brillantes que parpadeaban y refulgían el gran techo bajo el cual se hallaba la asombrada mente del león. Sus noches anteriores habían sido extenuantes, y debía descansar, y aun de haber tenido la consideración de mirar al techo en noches pasadas no habría visto más allá de una pared de cemento grisácea.


De repente el león comenzó a escuchar unos bramidos que ya le resultaban familiares. Exasperantes y marchitos, reverberaban sobre las colinas que acompañaban el camino en ambas direcciones. Una sensación de congoja despertó su instinto más primario, el cual rápidamente inició una marcha apresurada con la intención de esquivar una vez más a la muerte. Al llegar al final del camino que había tomado se encontró una pendiente muy inclinada que desembocaba en un valle, y en el extremo más opuesto de éste unos edificios desvencijados que ya no tenían utilidad alguna. Sin pensárselo dos veces descendió por aquella pendiente con la esperanza de resguardarse en algún sitio y ponerse a salvo. La protección por la que había estado amparado en el camino gracias a la sombra de las colinas ya no era una salvaguarda. La colina estaba a merced de la luminiscencia de la luna y por lo tanto los movimientos del león no pasarían desapercibidos a simple vista. Añoraba los tiempos en los que la banalidad era el imperativo común, e incluso anhelaba aquellos momentos en los que solo tenía que preocuparse por esconderse de las hienas durante las noches. Su desazón era equiparable a la que se siente cuando estás nadando en un rio profundo y no sabes qué puede estar acechándote; La colmillada de un hipopótamo, la dentellada de un cocodrilo, el trompazo de un elefante enfurecido y territorial. Estaba intranquilo, y no se preocupaba por mostrarlo. Iba de un lado para otro, acrecentaba la marcha cada vez que vislumbraba una sombra que había pasado a su clarividencia. Sus instintos palpitaban en cada recoveco de su cuerpo.


La tierra seca y cálida dio paso al asfalto. Las zarpas de Konto no se adherían bien a él, con lo cual no podía correr con toda la velocidad que él deseaba, además de tener menor capacidad de reacción si necesitaba emplearse a fondo para huir con rapidez. Exceptuando una torre de la iglesia que sobresalía sobre el techado general del pueblo, el resto de casas eran uniformes en cuanto a altitud. Algunas habían sido abandonadas abruptamente ya que las puertas estaban abiertas. Konto se aproximó a una de estas casas, pero la imagen que se encontró en el interior de ésta fue tan descorazonadora que prefirió buscar otro lugar más seguro. En algunas casas las puertas y ventanas estaban apuntaladas con tablones de madera. En alguna ocasión Konto creyó haber sentido el fulgor esporádico de una llama roja en el interior de alguna de estas viviendas, sin embargo ante una inspección poco exhaustiva no encontraba señales de vida alguna. Su futuro no sería nada halagüeño si no encontraba un lugar en el que esconderse. La calle estaba acabándose y las alternativas que se le presentaban variaban entre adentrarse en la ciudad, pernoctar en alguna de esas casas o dirigirse a la colina del otro lado de la calle. Inconscientemente y sin un rumbo establecido Konto se enderezó y optó por encaminarse hacia el centro de la ciudad, sin embargo, la carretera, más ancha que la anterior, estaba atestada de esos abominables seres, y puesto que no retrocedería para acantonarse en una casa con las puertas abiertas y las ventanas hechas añicos, decidió buscar resguardo en la colina.



La hierba estaba fresca, las gotas de rocío impregnaron las almohadillas de Konto y le transmitieron una sensación refrescante que le hizo estremecerse. Se lamió las patas para comprobar lo que se las humidificaba. Estaba sediento, así que comenzó a correr con la boca a ras de suelo para recoger el máximo rocío posible. Ya casi estaba llegando y había encontrado algunos buenos sitios para refugiarse de las malignidades que gobernaban el mundo. Sin darse cuenta, justo al lado de donde se encontraba, una lona gigantesca de colores estrambóticos surgía de la nada y se imponía ante la visión del león como un castillo medieval. Para su sorpresa, no había cuerpos alrededor, y lo que era más inusual, ni rastro de sangre diseminada por ninguna parte, lo cual era muy buen indicativo. Konto decidió aventurarse en aquel sitio e investigar sus propias pesquisas en aras de encontrar un lugar en el que apaciguarse y quizá encontrar algo de comer. El interior era cálido y reconfortante, pero con un olor intenso a putrefacción. Las moscas eran un incordio incesante y no paraban de revolotear alrededor del maltrecho cuerpo del león. La entrada principal estaba compuesta por tres direcciones distintas, una conducía hacia delante y las otras dos a ambos lados. Konto decidió seguir hacia delante sin escarcuñar antes los otros recónditos lugares. El pasillo era lúgubre y las vigas de acero que sostenían la techumbre del mismo estaban salpicadas de líquido viscoso y granulado. Al final del mismo, una lánguida luz atisbaba apenas el interior del lugar. Konto escaló el graderío y se tumbó entre la fila 8 y 9 del ala central del lugar para descansar con tranquilidad. Ya tendría tiempo de investigar cuando hubiese más luz.


Un rayo de sol impactó directamente sobre el rostro congestionado del león. Necesitaba más horas de sueño, pero el estruendo que ocasionaban sus tripas le imposibilitó volver a conciliarlo. Miró a su alrededor, se irguió sobre sus patas y se subió en una de las banquetas, bostezó e intentó acomodarse entre los acolchados asientos para dormitar un poco más. Ya estaba entrecerrando los ojos cuando una extraña figura desparramada en el suelo del centro llamó su atención. Desperezándose súbitamente, Konto se acercó a esa familiar voluptuosidad cárnica. La introversión dio paso a la curiosidad. En el centro había una jaula con barrotes de hierro enormes que conformaban una gran mole. Dentro se hallaba en cautiverio un cuerpo de escasa constitución debido a la desnutrición e inanición. Sus patas estaban raquíticas y esqueléticas. De los muslos asomaban robustos bultos, y las costillas se veían a la perfección. La densa melena que le impedía ver el rostro de aquel animal no le supuso ningún inconveniente a Konto para reconocerlo. Se trataba de un león. En el interior había una tarima, y coronándola un gran círculo de un material quemado. La cerradura de la jaula estaba tan deteriorada debido sin duda a una presión inaudita durante un tiempo prolongado que Konto pudo derribarla de un zarpazo. La arenilla del interior de la jaula estaba revuelta y abarrotada de pisadas de león. No había agua y comida por ninguna parte, tan solo un látigo mordisqueado que jamás restallaría. Konto se acercó con vehemencia al cadáver de su semejante. Quería comprobar si aún había vida en él. Ya casi podía tocarle con el hocico cuando un estímulo visual captó su atención. La oreja de aquel esclavo de la mundana humanidad había relampagueado en fracciones de segundo. Konto lo rodeó y le miró el rostro. Sus ojos aún conservaban vida, y ante la visión de un ser como él, aquel león empezó a moverlos frenéticamente. Sus enfebrecidos movimientos de la cola, orejas y ojos hicieron que Konto observase a su alrededor, pero no había nadie. Unas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos del derrotado hermano de Konto. Aún llevaba un collar puesto y como no podía cargar con él más que arrastrándolo, decidió amarrarle por el collar y moverlo del sitio. Al desplazarlo una mancha de líquido oscuro empezó a rebozarse con la arena. Konto no se percató y siguió con su ardua prerrogativa. Al centrar todos sus sentidos en ayudar a su igual, el león no se cercioró de los problemas que se cernirían sobre él con trágicas consecuencias. Su refinado oído sintió el rechinar oxidado de la verja. Sus sentidos se agudizaron en aras de averiguar de dónde provenía ese repiquetear que sumía aquel lugar en una esperpéntica escena. Se giró sobre sí mismo para descubrir que la única entrada estaba infestada de zombis. Aquellos mismos que le habían arredrado cuando se disponía a ir al centro de la ciudad. Sin embargo, el que abanderaba la comitiva estaba ataviado con un traje algo peculiar. Las botas altas, los pantalones blancos y la camiseta roja con botones dorados. Era el domador del circo.


Sin escapatoria y rodeado a Konto solo le quedaba luchar para sobrevivir. El domador, que tenía el brazo derecho pendiente de un hilacho de la chaqueta, fue el primero en caer bajo las implacables fauces de Konto. Acto seguido un niño con las cuencas oculares vacías, y vestido con un pijama de El Rey León se le echó encima y le inmovilizó momentáneamente. Esta tesitura supuso que el resto de seres se acercasen más a Konto, el cual no se rendiría jamás. Consiguió desembarazarse del impertinente niño y reponerse para el siguiente envite, pero una mirada retrospectiva hacia su pasado combatiendo contra las hienas le propinó un varapalo insólito. Sabía que, como las hienas, aquellos seres eran más numerosos que él y que su fuerza no serviría de nada. Con un deje deslavazado Konto asumió su tétrico futuro y asió a su amigo del collar, lo bamboleó para quitárselo y lo arrojó al suelo, justo donde se hallaba el látigo. Ambos se miraron a los ojos, un gesto de aprensión y connivencia. Y sin más, sin un final aclamado y festejado con un premio Nobel de la Paz, Konto acabó despedazado y engullido junto al otro león, dichoso de haber contemplado el majestuoso rostro de la libertad reflejado en los ojos de aquel fortuito amigo. Por fin era libre y descansaba en paz.


El sol se perdía por el horizonte. Swanii, el anciano más vetusto de la tribu Karikun, contemplaba la puesta de sol meditabundo y encuclillado subido a una roca mientras reflexionaba sobre los últimos aconteceres que tantos quebraderos de cabeza le habían ocasionado. Su pueblo se situaba en Uganda Occidental, justo donde hacía más de dos siglos se había constituido el reino de Buganda. Sus ojos habían presenciado tal cantidad de atrocidades cometidas por los hombres blancos que desde entonces había enmudecido para no pronunciar palabra alguna jamás. Con promesas de traer la prosperidad y el progreso, no solo habían mancillado sus antiquísimas costumbres, sino que además habían traído los males más acérrimos de su sociedad a la suya. Las mujeres aborígenes alardeaban de ínfulas, los hombres se mataban por trozos de papel y la vida valía menos que todo eso. Ahora las tribus estaban lideradas por un solo rey que las subyugaba para explotarlas. Una mañana un grupo de trajeados hombres blancos irrumpieron en el centro neurálgico de su aldea. Las mujeres dejaron de recolectar bayas y sembrar los cultivos, los hombres que se preparaban para la caza cedieron sus arcos a sus hijos para que se los sostuviesen, y los ancianos del consejo de sabios fueron congregados para una charla. Aquellos hombres habían descubierto una reserva de diamantes en el río que se encontraba a poca distancia de su campamento y sin el que no podrían subsistir. Querían explotarlo, y para ello necesitaban mano de obra. Es por ello que les ofrecieron joyas, comida enlatada y ropa cálida para sellar un trato que beneficiaría a ambos. Los ancianos, escandalizados ante el vilipendio que ello supondría, se reunieron ante el refulgente Fuego de la Sabiduría. Consultarían a sus antiguos dioses y tomarían una decisión al respecto. El crepitar de las llamas era estruendoso, y el rojo del fuego muy intenso. De entre las ascuas una vez apagado, salieron las interpretaciones oportunas. Las medidas a tomar. Los dioses deseaban que se confabulasen todas las tribus del mundo, todas aquellas que aún profesaban una forma de vida no corrompida, para exterminar al gran mal de la madre naturaleza; El hombre “civilizado”. Es así como todos los chamanes de las tribus imperturbables de todo el mundo se pusieron en contacto a través del Fuego de la Sabiduría; Los Himba de Namibia, los Huli de Indonesia, los Asaro de Papúa Nueva Guinea, los Maoríes de Nueva Zelanda, los Gauchos de Argentina, los Samburu de Kenia, los Mursi de Etiopía, las tribus amazónicas, y un sinfín de tribus esparcidas por los confines más remotos de la tierra. Envenenaron el agua con un hechizo que afectaría a todo hombre impuro, y a los animales, pues éstos se habían acostumbrado al hombre y no podrían sobrevivir sin él. Sin embargo no podían destruir toda la fauna de la tierra, por ello decidieron inmunizar a unos individuos de cada raza para que así no se extinguiese y tuviesen una oportunidad de prosperar en el nuevo mundo. Ya había anochecido y empezaba a hacer frío. Swanii descendió de la roca para regresar junto a su mujer. El campamento rebullía de vida, sus vecinos y amigos danzaban alrededor de una gran hoguera mientras proferían cánticos de esperanza y júbilo. Esta escena hizo henchirse de orgullo a Swanii. El último pensamiento que atravesó su conciencia aquella noche no fue de remordimiento, sino de redención. Había salvado a su tribu, y con ello los últimos vestigios de la humanidad más pura.




FIN


 
 
 

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