Que la muerte te sea leve. (cap 5)
- 2 jul 2015
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¿Vuelan los leones?
El metal y filo de la guadaña
siega despiadada cada alma,
que en su paso desafortunado
con la abrumadora Parca se ha topado,
más cualquier esperanza se desvanece
cuando tu inquieta alma languidece
y tu marchito cuerpo adolece
viajando con presteza hacia de la muerte,
la cual con huesudas extremidades te abraza
y al oído te bisbisea que te ama.
La madre de Ethan le canturreaba este viejo poema que se había transmitido de generación en generación, y jamás se evanescería pues era una tradición familiar cumplida a rajatabla. Su familia podría considerarse algo rara y esperpéntica, pero gracias a la educación que había recibido Ethan, había disfrutado de cada momento de su vida, exprimiendo hasta la más anodina experiencia, pues era consciente de que algún día la Parca le arrebataría su alma hincándole la guadaña en la profundidad del pecho, allí donde late el gran músculo rojo, y se encaminaría hacia su destino imperecedero. Es por eso que la decisión de anteponer la vida del león a la suya propia había sido lo segundo que se le había pasado por la cabeza (lo primero fue huir, no era tan estúpido como para no apreciar el seguir respirando). Sus ojos llorosos apenas le permitían otear más allá de la inmediación del camino. La prudencia al volante se disipaba cuando tenías a un león hambriento y asustado en la parte trasera de la camioneta y además estabas condenado a muerte. Pese al varapalo tenía que continuar con la misión, el destino de la humanidad podía depender de ello. Konto estaba acongojado en su jaula, los últimos sucesos en su confusa y extraña vida le habían trastocado todos los sentidos. Ese olor a putrefacción aún perduraba inalterable en su hocico, y el vello se le erizaba cada vez que la camioneta atropellaba algún moribundo cuerpo y éste desprendía todos los aromas que salvaguardaba en su interior. Así era la nueva vida; Escabrosa, miserable y muy traicionera. Aunque meditándolo con autointrospección, no se diferenciaba demasiado de la anterior vida en la que se supone que todo estaba en sus cabales.

Las manos le temblaban y el pulso empezaba a acelerársele. En el horizonte empezó a vislumbrarse una columna de humo gigantesca que serpenteaba a través del cielo, surcando las nubes y horadando las perspectivas que tenía Ethan acerca de la situación de Kampala. Un rugido apabullante que procedía de la parte de atrás de la camioneta advirtió le de la compañía de la que disfrutaba. El león se encontraba oteando la lejanía, viendo cómo se alejaban cada vez más del único lugar al que podría llamar hogar, invadiéndole una terrible sensación de nostalgia. La incertidumbre impera cuando el camino que ves está abarrotado de piedras, socavones y peligrosas bestias…Puede que aquel león fuese la llave para cerrar la caja de Pandora, para redimir a la humanidad de todas las atrocidades cometidas en la faz de la tierra. Aquel ser no era un simple león, era la santa cruzada contra los vilipendios humanos, la redención materializada en colmillos, ojos, músculos y sentimientos. Un quiebro repentino entresacó a Konto de la ensoñación taciturna. El camino estaba plagado de esos seres. Por suerte a Ethan aún le quedaban aptitudes al volante para esquivarlos. Konto veía a esos seres larguiruchos con la cabeza gacha, como en un estado de letargo y obstinada quietud. Sin embargo, el ruido de la camioneta al pasar por al lado suya e incluso rozarles les despertaban y empezaban a andar en busca de su agresor. Algunos se desembarazaban de ese estado antes de sobrepasarles la camioneta, y para cuando los dejaba atrás esos seres se agarraban a la jaula de Konto. Sus brazos intentaban aferrarse con fuerza, pero los zarpazos del león seccionaban su carne corrompida. Kampala ya se veía al fondo, tan solo un par de Km separaban a aquel león de su destino. Era lo más parecido al infierno que Ethan había contemplado jamás. Si la carretera estaba plagada de esos seres era porque en el extrarradio de la ciudad había auténticos poblados chabolistas. Ethan echó una mirada hacia atrás para asegurarse de la integridad del león, cuando una imagen aterradora hizo que se eclipsara al volante. Un zombi se había subido a la jaula. Estaba encaramado en la parte trasera y sus raquíticos brazos traspasaban la jaula más allá de lo imaginable. De repente Ethan pegó un frenazo, y aquel ser en vez de caerse se introdujo aún más en el ergástulo de Konto. Así es como acabaría una de las pocas esperanzas de la humanidad. Estaba observando cómo aquel ser acorralaba al león, cuando en décimas de segundo la ventanilla quedó anegada en sangre. Konto había lanzado un zarpazo contundente al rostro de aquel ser, cercenándole la cabeza y acabando con el peligro. Tras un suspiro de alivio, Ethan reemprendió el rumbo a Kampala.
El recibimiento que tuvieron fue el esperado. El extrarradio estaba formado por desvencijadas chabolas que contrastaban con los suntuosos rascacielos que se erigían en el centro de la ciudad. Esa necesidad de imponer la grandiosidad de una raza terrícola sobre las demás era lo que había conducido precisamente a la extinción de la vida tal y como la conocíamos. A cada 100 metros que recorría la camioneta un tumulto mayor de esos seres empezaba a aglutinarse detrás de ellos. Estaban los suficientemente dispersos como para que no imposibilitasen el paso, pero aun así Ethan tenía que dar giros bruscos y tomar otras direcciones, pues arrellanados en una misma calle podía haber miles de esos seres. Había habido resistencia, pues en algunas calles donde mayor era la presencia de esos seres había barricadas superfluas que solo habían servido para atrasar el avance de la incontenible muerte carnívora que a horcajadas se abriría paso. El puerto no quedaba muy lejos, y bordeando la ciudad sin adentrarse en el turbulento centro neurálgico podría pasar inadvertido. Ante sus ojos se irguió una iglesia cristiana, último reducto de la colonización europea y las posteriores misiones de evangelización. En la puerta de la iglesia había plasmadas unas manos ensangrentadas, y a los pies un crucifijo partido por la mitad que daba fe de lo que había pasado en aquel lugar. Las iglesias eran esos sitios a los que la gente iba a diario a encomendarse a su dios, a disculparse por las acciones que eran propias del humano pero que estaban prohibidas por su creador, algo incongruente. Cuando se desató el apocalipsis zombi y los muertos regresaron del infierno para atormentar a los vivos muchos acudieron a ese lugar sagrado para salvar sus vidas. Algunos párrocos acogían a cuantos podían, otros eran usurpados de su poder por algunas bandas que tomaban el control y se atrincheraban en las iglesias, y otros directamente cerraban las puertas a cal y canto para que nadie pasase a la casa del señor. Esto último era lo que había ocurrido allí. La cantidad de sangre de la puerta era estremecedora. Los escalones eran auténticos ríos de resbaladiza sangre coagulada. Ante el clamor de la camioneta, del interior de la iglesia salió una criatura ataviada con sotana y alzacuellos. Del cuello le colgaba un rosario y de la voluptuosidad de su barriga pendían sus vísceras. Resultaba lógico que aquel ser deambulase con pies terrenales, pues el suicidio no era una opción, y tampoco la redención ante los actos deplorables que había llevado a la condena de su cuerpo y alma. Ethan apenas había prestado atención a la escena, pues su alma estaba ennegreciéndose y el mal se adueñaba de su cuerpo.

Una valla de metal era lo que separaba a Ethan de su misión y a Konto de su destino impuesto. –Agárrate amigo—Ethan se abalanzó sobre la valla y la desmoronó con el coche el cual apenas resultó dañado. El puerto estaba prácticamente vacío, no había barcos en él, todos habían zarpado en una huida desesperada y poco planificada y es por ello que a pocos metros las humaredas negras se intensificaban. Remolinos de humo y barcos hundidos contaminaban la pureza del lago Virginia. Ethan empezó a preocuparse ya que si por las vicisitudes que fuesen no estuviese el barco y los hubiese dejado tirados, entonces su sacrificio habría sido en vano, y no hay nada más conturbador que perder la vida por una causa inmerecida. Pese a que le hubiese salvado la vida a ese dichoso león, Ethan no paraba de darle vueltas al mismo pensamiento; ¿Qué le depararía la muerte? Y lo más importante, ¿sería suficiente el haber salvado una vida inocente aunque sus motivos eran puramente egoístas? Todos estos pensamientos se desbarataron cuando a duras penas llegó al muelle 18 del puerto Museveni. Cuando llegó al puerto de anclaje en el que se suponía que debía estar su barco, el 35, Ethan se derrumbó sobre el suelo, maldiciendo al cielo y a la tierra por su suerte y despreciando su ingenuidad. Ya apenas le quedaban fuerzas para lanzar imprecaciones. Lo único que estaba en su mano era darle una segunda oportunidad al león. Los zombis no tardarían mucho en darles caza, pero aún cabía una mínima posibilidad de escape. Trastabillándose y a duras penas llegó hasta la parte trasera. Cuando se aproximó a la jaula, Konto lo miraba con recelo y algo angustiado. Su sexto sentido le estaba advirtiendo, debía disponerse para lo peor. Ethan iba a abrir la jaula cuando escuchó el ruido de un motor en la lejanía. Su confianza con el león era excesiva, y le dio la espalda a la jaula para presenciar el milagro con sus propios ojos. Una barca de mediana envergadura estaba atracando en el puerto. Seguramente aquellos malnacidos habrían estado esperando alejados del puerto por precaución. De repente Ethan notó un golpe en la cabeza y una sensación cálida que le resbalaba por la nuca. Al caer se pudo dar la vuelta, y vio a Konto con el rostro desbocado, como si hubiese hecho un esfuerzo desmesurado y repentino. Se echó la mano a la parte posterior de la cabeza, y al observársela el distintivo rojo que tanto abundaba teñía la mano entera. Si Ethan representaba a la raza humana, y Konto a todas las demás razas de la Tierra, había tenido el final que se merecía. Al ladear la cabeza expectoró cuantiosa sangre, y al fondo vislumbró una masa móvil e uniforme de zombis que se acercaban a ellos. Poco tiempo le quedaban a los de la barcaza para actuar.

Eran 5 hombres, 3 de ellos se pusieron en posición estratégica y empezaron a disparar al enjambre de muertos que les recortaba metros a cada minuto que pasaba. De los otros dos, uno llevaba una camilla de hospital y el otro encañonaba al león con un rifle de dardos. Konto ya había pasado por esa situación antes, sabía lo que significaba, pero no podía huir. Tan solo podía recorrer la jaula de un lado para otro intentando buscar una salida. Un dardo pasó rozándole el costillar, infligiéndole un rasguño. Su gruñido era inminente, estaba enojado. De pronto notó un pinchazo en una pata, y notó cómo el cuerpo le resultaba muy pesado, como cuando sus cachorros se le echaban encima y empezaban a jugar sobre él interrumpiéndole la siesta. Tal era su cabreo, que rugió liberando toda la tensión acumulada. Los humanos se quedaron inmovilizados, pero el grito de uno de ellos los sacó a todos de tal situación. Konto aún conservaba algo de conciencia, y tenía un ojo entreabierto mientras lo sacaban de la jaula ambos humanos. Así es como pudo ver a Ethan levantarse pillando desprevenido a uno de ellos y mordéndole en el hombro. Los aspavientos del humano por quitárselo de encima agitaron mucho al otro, que sacó una pistola del cinto y le metió un tiro a bocajarro a Ethan, desplomándose muy cerca del león. Antes de dormirse por completo, Konto observó el rostro infernal del que hasta hacía poco había sido su compañero de fatigas. Konto estaba rodeado de humanos que lo transportaban a la embarcación. Los zombis se encontraban a apenas 5 metros. Atraídos por la cercanía de dos humanos, uno de ellos impregnado en sangre y convertido en zombi, y el otro apuntándole con su pistola. El disparo se oyó en todo el puerto. La brisa fresca que proporcionaba el lago Virginia se estampaba contra el rostro del león acariciándole cada cicatriz de su cara, y volándole cada pelo de su frondosa melena. Al llegar a barco, notó múltiples brazos que le aferraban la carne con cuidadosos movimientos y lo introducían en el barco. Una vez llegaron a la isla, el avión ya estaba en marcha, presto para despegar. La última visión de Konto fueron los rascacielos que se alzaban majestuosos ante la puesta del sol. Se marcharía de la tierra que lo había alimentado y visto crecer y prosperar a lo largo de los años para siempre.
Proximo capitulo:
Majadahonda





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