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¡Bienvenido

Al Horror!

Que la muerte te sea leve. (cap 4)

  • 11 jun 2015
  • 7 Min. de lectura

La condena de Ethan.

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No hubo tiempo para reaccionar, cuando el infierno se desata lo único que cabe esperar es que no seas engullido de inmediato por unos brazos demoníacos que ascienden del mismo. Justo al colgar el teléfono unas manos grotescas y deterioradas golpearon con fuerza los cristales del refugio. Estaba amaneciendo y la luz del sol proyectaba la silueta de esos seres sobre el interior de la cabaña. Sus incesantes bufidos contrastaban con la tranquilidad que se respiraba dentro. Lo único que se escuchaba era el entrecortado respirar del humano contemplando la espeluznante escena con los ojos desorbitados, y el rechinar de las uñas del león al arrastrarlas por el suelo de madera. De repente, un sonido agudo sacó del letargo al humano. Un cristal comenzaba a resquebrajarse, eso seres irrumpirían en el sitio para zamparse lo que pillasen de por medio y nadie, salvo un humano y un león enjaulado, podría impedirlo. La situación no podía ponerse peor; Estaban rodeando el refugio una docena de zombis cuya glotonería sin duda se cobraría cuantas vidas se encontrasen de por medio. El humano comenzó a meter medicamentos y sedantes del botiquín en una manta que ejercía de improvisada mochila. Se la amarró con destreza a la espalda y empezó a recitar una lista mental de cachivaches indispensables. Recorría de un lado para otro la instancia en un cóctel de sentimientos que mezclaba pavor, nerviosismo, agotamiento físico y mental, y preocupación, sobre todo preocupación. (Sedantes…Antiinflamatorios…Desinfectante…El rifle…hmm... ¡Comida!)

Justo cuando se encaminaba para ir a la despensa se percató de unos ojos entreabiertos que lo miraban fijamente, sin perderle de vista en ningún momento. La clarividencia del humano de incluir en el escuálido petate algunos sedantes para animal lo había hecho inconscientemente.


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Ya llevaba un tiempo absorto planteándose cómo iba a sacarlo de aquel lugar cuando de repente un ruido lo sacó de sus cavilaciones. Uno de esos seres ya tenía medio cuerpo introducido por el ventanal. El estruendo sumió a todos aquellos seres en un estado de exacerbación, acudiendo al instante a la abertura que había hecho su colega de comilona. Al romper el ventanal ese ser se rebanó el cuello, salpicando las níveas cortinas de la sangre que a borbotones le manaba del cuello. Sin inmutarse recuperó la posición, levantándose y aullando balbuceantes bramidos en señal de llamada. Puede que estos seres no fuesen muy distintos a los animales que cazan en manada; Lobos, Orcas, jaurías de perros salvajes, etc. De repente una multiplicidad de brazos con heridas coaguladas empezaron a agitarse a través de la ventana. Konto se encontraba encerrado en la jaula, con lo cual estaría a salvo si no arremetía contra esos seres a través de los barrotes, pero el humano se encontraba en serios problemas. De pronto, estallaron en mil pedazos los cristales de la ventana que había al lado de la puerta, consiguiendo entrar un número total de 7 seres en la cabaña. La puerta de la cocina también era de barrotes, ya que aquella cabaña antes había sido una prisión. Desalentado y abatido, el humano miró el rostro del león en lo que era una despedida obligada, un “hasta luego” y “hasta nunca” a la vez. El crujir de los barrotes centró toda la atención de los zombis, que se desplazaban con la parsimonia ya habitual en ellos. Ethan, que así se llamaba el humano, comprobó que no hubiese más de aquellos seres en el exterior antes de colarse por una ventana de la cocina, cuando por instinto se echó las manos a los bolsillos. ¡LAS LLAVES DEL COCHE! Se le habían olvidado sobre la mesa central de la cabaña. La cabeza le daba vueltas. La prontitud con la que se percató de la imperiosa necesidad de huir en la camioneta le corroyó las entrañas. Conturbado, se dispuso a hacer frente a aquellos seres de la mejor forma que sabía hacer; echándose mostaza encima y avivando su voracidad insaciable (en un pasado reciente su torpeza le había asignado el mote de Ethan El Salsas, pues se manchaba siempre que cabía la posibilidad). Asió el arma más contundente que encontró en la cabaña, un palo, y se precipitó a través de la ventana.

Fuera no había nadie, pero el ambiente se hallaba intranquilo. De una de las ventanas aún colgaba un cuerpo vivaracho que no paraba de moverse como un niño que aprende a nadar. Los regueros de sangre manaban de la barriga de aquel ser. Ethan no tuvo tiempo para disquisiciones; Se acercó a aquel ser por la espalda y comenzó a apalearlo con todas sus fuerzas. Sin visos de esperárselo, se desclavó del marco de la ventana, dejando entrever un cristal más prominente que el resto manchado de sangre, y se cayó de espaldas al suelo. Su descuajeringada mandíbula dejó al descubierto una dentadura mellada y ennegrecida.


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El humano posó el extremo de su arma sobre una de las cuencas oculares del ser, el cual se arrastraba en un incesante entusiasmo por devorarlo. Sus ojos...Si el diablo pudiese mirar fijamente a una persona habría elegido a ese ser como observador…La pupila completamente emblanquecida y alrededor un negro enturbiado. El tembloroso pulso de Ethan resultaba descorazonador, pues dentro había 7 seres más dispuestos a comérselo vivo al menor fallo. Las manos del zombi agarraron el palo con suma presteza, y ante tal sorpresa el humano soltó el palo del susto, interponiéndose entre ambos. Retrocedió acongojado hasta que se trastabilló con una roca grande y se cayó al suelo. Se repuso del suceso y cogió la roca. Aquel ser seguía arrastrándose por el suelo con las manos escudriñando el aire en busca de alguna presa. Ethan se aproximó pusilánime al ser, y dejó caer la roca sobre su cabeza para aplastársela. Después de escuchar el crujir del cráneo, el humano respiró aliviado, pero entonces las tumefactas manos de los seres del interior de la cabaña empezaron a descascarillar la pared de madera del interior, impidiéndole tomarse un respiro. El alboroto que había generado su disputa con aquel renqueante zombi había atraído la atención de miradas indiscretas.


El sudor le resbalaba por la frente y se le inoculaba en los ojos, cegándole parcialmente para su justa cruzada contra el mal. Avanzaba impávido hacia si objetivo, su plan consistía en atraerlos con el estridente crepitar del claxon del coche, pues así conseguiría despejar la cabaña, y poder entrar sin temor alguno para recuperar las llaves de su coche. Su plan tardó escasos segundos en desmoronarse…Metidos en la jaula donde había pernoctado Konto durante la travesía había 4 zombis lamiendo la sangre del suelo y comiéndose los pedacitos putrefactos del ser al que voló la cabeza. Necrófilos zombis...La aberración más escabrosa jamás vista por un alma pía. Arremolinados en la entrada, los zombis del interior de la cabaña no habían necesitado del estruendo de la bocina para percatarse de su presencia. Cuando estos seres se encuentran desamparados deambulando son muy lentos, pero cuando huelen o notan la presencia de carne fresca no corrompida…Su rapidez se vuelve felina. En un santiamén habían avanzado 50 metros y casi podían torpedear la vida de aquel enjuto y pálido humano. Sin embargo, Ethan estaba preparado para la fuga. Supondría algo escarnecedor ver a un humano corriendo en círculos de gran diámetro y zigzagueando durante minutos, y cualquiera se habría desternillado ante aquella visión, pero lo cierto era que las plegarias que recitaba de memoria Ethan entre sollozos ponían la piel de gallina. Ya los había alejado lo suficiente de la cabaña como para volver, coger la llaves y meter al le...¡MIERDA! Su planificación había sido algo desastrosa…Pero tenía que intentarlo. Ignorando los brazos que se mecían mediante esos escuálidos huesos, Ethan consiguió llegar a la cabaña en un sprint final que le dejaba unos 3 minutos para sacar al león de la jaula y meterlo en el coche. Antes de entrar miró hacia atrás para cerciorarse una vez más de que no quedaría atrapado. No miró adentro…No miró, y se topó con la muerte de cara, le dio un beso final, y desfalleció para siempre. Aún había un zombi dentro de la cabaña, observando a Konto estático, esperando que se abriese esa celda. Pero unos pasos apresurados le sacaron de su estado, y acudió hacia ellos para encontrarse de bruces con su sabroso y distraído humano que acudía a sus fauces. Ojalá todos los humanos fuesen así de obedientes. El choque desequilibró a Ethan que acabó indefenso en el suelo. La dentellada de un humano puede ser muy dolorosa, pero saber que ya nada puede salvarte te lo desbarata todo. Entre lágrimas, Ethan se desenvolvió de aquel carnívoro y lo desplomó contra el suelo, alzando su bota y mirándolo con una rabia inconmensurable, al menos acabaría con la vida de su agresor. Le espachurró la cabeza con la bota…Su mundo se derrumbó, pero no podía dejar a Konto en aquel lugar condenándole a morir. Le había mordido en la pierna, lo cual le daba unas cuantas horas antes de convertirse. Debía intentarlo.


El humano cogió las llaves, se montó en el coche, y lo estampó de espaldas contra la pared de madera de la cabaña. Después se aproximó a la celda de Konto, abriendo a priori la celda de la camioneta, y puso un par de chuletones ensangrentado en el ya de por sí ensangrentado suelo de la celda del coche. Ethan se disponía a abrir la verja donde estaba retenido Konto, cuando de repente irrumpieron los zombis en la cabaña. Ya nada importaba, al menos le daría una oportunidad al león para escapar. Le abrió a prisa y corriendo la verja, y para sorpresa del humano Konto se metió en la jaula de la camioneta con su habitual mansedumbre. Ethan boquiabierto volvió a su asiento, enfrentándose de nuevo a esos seres los cuales le propinaron algunos cortes en la cara y un desgarro más en su condenada piel. Desconsolado, lloriqueando y maldiciendo al cielo y la tierra, el humano emprendió el camino hacia Kampala que se encontraba a unos 40 km aproximadamente.





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Proximo capitulo:

¿Vuelan los leones?

 
 
 

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