Que la muerte te sea leve. (cap 3)
- 29 may 2015
- 6 Min. de lectura
El Paseo de la Parca.
Intranquilo, Konto se paseaba de un lado a otro de la jaula. Un aposento inapropiado para un rey que estaba acostumbrado a establecer sus límites allá donde la vista ya no alcanzaba. En algunos tramos del camino el olor a podredumbre era tan intenso que el león comenzaba a relamerse el hocico y a estrujárselo contra la cerradura de la jaula. El viento no solo arrastraba la descomposición cárnica, sino también algunos alaridos espeluznantes. De vez en cuando aparecían siluetas en la lejanía del camino iluminadas por la refulgente luz de la luna. Su caminar era torpe y lento, renqueaban por doquier y a veces se trastabillaban cayendo al suelo, desaparecían y ya no se les volvía a ver. Konto no comprendía nada, pero su instinto palpitaba como una colmena de abejas enfurecidas. ¿Contendrían los barrotes de hierro a las bestias cuando se presentase la oportunidad? Suerte que en una reserva natural como aquella no hubiese demasiados trabajadores... Suerte. A cada bache que había en el camino el humano de la cabina realizaba aspavientos y miraba hacia atrás. Era como si fuese de vital prioridad preservar la vida del león, más allá del altruismo de salvársela por bondad. Se dirigían a una de las cabañas situadas a las afueras de la reserva natural. El objetivo pronto sería descubierto y, como con el gato de Schrödinger, no se sabría el resultado final hasta que se abriese la caja a ver si el “gato” respiraba o no.

PLOFF!! Un potente ruido despertó a Konto de su estado de letargo. Nada más recuperar su consciencia sobre su entorno pudo apreciar un ajetreo proveniente de su espalda. Cristales rotos, salpicaduras de sangre por todo el parabrisas, el humano se encontraba encajonado en su sitio, con la cabeza ladeada y sin realizar ningún tipo de movimiento. Algo había impactado contra el sol metálico, pues había abolladuras manchadas de sangre en el mismo, además de por la ingente cantidad de sangre que se había desperdigado a causa del golpe. De repente, un crepitar de huesos quebrándose y recolocándose a su vez erizó el vello del león. Ante tales circunstancias, lo normal sería que Konto pudiese atiborrarse a carne dándose un festín con el cuerpo, de no ser por dos cosas; Lo primero que estaba enjaulado y lo segundo ¡ESE DESMADEJADO SER SE ESTABA LEVANTANDO! Su ropa hecha jirones y su carne segmentada por cortes profundos era lo más agradable. El brazo derecho orientado hacia el humano agitaba sus trémulos dedos, los cerraba y manchaba de sangre por una herida en la palma de la mano. Su cara era un lienzo del infierno, toda roja brotaba a borbotones sangre que caía en el camino y dejaba un reguerillo. El impacto fue fuerte, pero no lo había matado. Su camisa se le desprendió, mostrando su cuerpo. Todas sus costillas estaban hendidas y el intestino grueso formaba una liana pendiente. Empezó a aullar y a avanzar hacia el coche. Sus intestinos se engancharon en un trozo de metal saliente, y estos empezaron a estirarse hasta que se tensaron y cedieron. El humano no reaccionó, seguía inconsciente pero el león estaba desbocado yendo de un lado para otro. Aquel ser empezó a arremeter contra la ventanilla, abriendo la boca y estampándosela contra la misma. Saliva y sangre, una vez más, el bautismo que le recordaba al día en el que fue destronado por los jóvenes leones.
Los golpes eran incesantes, pero no había respuesta dentro de la cabina, misma posición, misma intranquilidad del león. Sus vaivenes dentro de la jaula sin embargo captaron la atención de ese ser, quien ante el ruido empezó a convulsionarse, expulsando sangre y saliva de la boca y orientándola hacia la parte de atrás. Instantáneamente un brazo ensangrentado se introdujo por las rejas de la jaula pillando al león desprevenido. Sus manos aferraron su cola, atrayéndosela a la boca con tal rapidez que no hubo reacción posible. Un solo bocado bastó para que aquel ser le seccionase el extremo de la cola a Konto, quien se revolvió dentro de la jaula para deshacerse de su captor. Un zarpazo bastó para cercenarle un brazo a aquel ser. Pese a ello, no se inmutó y volvió a la carga. La situación era intempestiva, nada podía hacer, salvo arrebujarse al otro extremo de la jaula y rehuirlo. Los ojos vacíos del zombi estaban comiéndose al león con ambrosía cuando su cabeza estalló en minúsculos pedacitos incomestibles. El humano sostenía un rifle de caza humeante, aproximándose al cubículo del león para comprobar qué tal estaba. Ante la sorpresa de Konto, vio al humano encañonándole con el arma. Antes de ver cómo aquel pobre animal empalidecía y se apagaba hasta morir le ahorraría sufrimiento. Pero no todo pasa como se supone que pasará. Así es como el león no solo no se murió, sino que además se irguió ante el humano, orgulloso y con la cabeza alta, mostrándole su indiferencia una vez más. El humano respiró aliviado, bajó el arma, y le dedicó unas palabras a Konto. “Ahora mismo eres la única esperanza de la humanidad, no te mueras cabrón”. Volvió a la cabina y sacó el rifle para sedar al animal.

La naturaleza se las juega duras, si le escamoteas algo que para ella es de vital importancia o juegas a ser dios manipulándola y jugando con ella, simplemente habrás de pagar las consecuencias. Es más o menos lo que pasó con la epidemia. Supongamos que todo el conjunto de seres vivos del planeta son como ovejas, siguen un estrecho sendero pedregoso sin saber qué les deparará el camino ni tampoco lo que podría esperarles en los márgenes del mismo, cubierto de un ramaje espeso. Pues bien, el ser humano, la oveja intrépida que encabeza la marcha de todo el rebaño, un buen día decide que quiere saber qué hay al otro lado del sendero y explorarlo con ímpetu. Decide salirse y el resto del rebaño continúa su paso sin preguntarse qué sucederá o a donde irá. Al cabo de un intervalo “corto” de tiempo, esta oveja “descarriada” regresa con la mejor hierba jamás probada y el agua más pura nunca encontrada. Su atrevimiento tuvo recompensa, sin embargo al adentrarse en esa tierra peligrosa y volver con el rebaño dejó un rastro perceptible a los hambrientos lobos que lo siguieron. Por una oveja todas acabaron muertas. ¿Valió la pena lo que descubrió? Era completamente prescindible y aun así condenó al resto del rebaño a una atroz muerte por su cabezonería y egoísmo.
El sol traspasaba el ventanal e impactaba en el rostro del aturdido león, aún conmocionado por lo sucedido la noche anterior. Al abrir los ojos, el recuerdo de estar entre barrotes de hierro manchados de sustancia viscosa y siendo acechado por una bestia aún más voraz que el propio león hizo que se alzase como un resorte en posición defensiva. Sin embargo, no halló más que una pared y barrotes, esta vez con un espacio más holgado que el anterior. La sala estaba silenciosa pero no ordenada. En el otro extremo se hallaba el humano pálido, con el rifle en su regazo y cabizbajo. Konto se cercioró del chuletón de carne y el cuenco con agua que había en su retaguardia y se abalanzó con suma maestría sobre el mismo. La barahúnda que organizó despertó al humano, quien a prisa y corriendo acudió a la celda para observarle. El vendaje de la cola no se había desprendido, y su consistencia parecía intacta. El debilitado león ya había devorado su desayuno cuando percibió la presencia del humano. Ambos intercambiaron miradas durante algunos segundos. Ambos agradecidos y asombrados de la situación, se apoyaron mutuamente en momentos de vida o muerte, creando quizá un vínculo inquebrantable entre humano y león…Después Konto arrojó una despiadada mirada felina y rugió en señal de advertencia. Tumbado y somnoliento, la siesta era inminente.
--¿Estás hablando en serio? ¿Cómo puedes pretender que un veterinario transporte a saber con qué medios a un león de casi 200 Kg hasta una isla del Lago Virginia atravesando una ciudad que está siendo devorada literalmente?
--A ha…
--Si, está en buenas condiciones. Bueno, salvo una leve desnutrición, algunos cortes profundos y parte de la cola seccionada, el resto está intacto y con buena salud. Podría aguantar un viaje en avión.
--No, no, ahora mismo lo he metido en la celda del refugio en el que me encuentro. Sí, al Sudeste de la reserva, a unos 150 kilómetros de Kampala.
--Espera lo anoto en un papel. A ver, dime. El Puerto Museveni, muelle 18, número de barco 35. Muy bien, lo tengo.
--¿Tu hombre del barco es de fiar? No querría llegar allí y comprobar que no hay nadie esperándonos salvo una comitiva de cientos de miles de zombis.
--Está bien, en ese caso partiremos esta misma tarde sobre las 5 p.m. para llegar justo antes de que anochezca. Espero que aún no haya caído la ciudad entera.
--Ok, ya nos veremos en España. ¿Cómo decías que se llamaba el sitio? Mahadahon..Majahad…Ma-ja-dahonda. Suerte la nuestra, el destino de la humanidad lo dejamos en manos de los españoles…

Proximo capitulo:
La condena de Ethan.





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