Que la muerte te sea leve. (cap 2)
- 21 may 2015
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¡Dios no existe!

¿Cómo puede un león hacer que las aguas vuelvan a su cauce natural? ¿Cómo adaptarse a un mundo caótico en el que la inteligencia o la fuerza son cualidades avasalladas por un agente desconocido? ¿Estaría este agente reclamando implacable un sitio hegemónico en el reino de los hombres?
Estas disquisiciones no le importaban a Konto, el cual vagaba desorientado por un desvencijado camino, con los dientes rechinándole el uno con el otro a causa del hambre que le atenazaba el estómago. Nada podía hacer, los muertos empezaban a descomponerse y la carne fresca escaseaba en un territorio en el que los buitres amparaban los cielos oteando la despoblada tierra. Konto llevaba varios días siguiendo un camino surcado por el incesante transitar de los coches de la reserva natural. Huesos, sangre reseca estrellada contra los peñones de los laterales, esqueléticos y amarillentos cuerpos, pese a lo desagradable del camino era preferible a adentrarse en las zonas alejadas del camino en las que los rastrojos y hierbas podrían esconder el truculento futuro que le aguardaría a cualquier despistado superviviente. La poca carne que algunos cuerpos tuviesen todavía era devorada por la camarilla de buitres que perseguían a Konto a la espera de su muerte. El repiqueteo de sus garras en las ramas deshojadas, sus ensordecedores graznidos, todo en conjunto creaba un escenario perfectamente ambientado en el que la muerte sería el final de la función teatral. Pero el león aún perseveraba en el camino. A veces, cuando veía un remolino de plumas negras descender del cielo a toda prisa, Konto aceleraba el paso y emitía algún que otro gruñido avisando de su llegada con la esperanza de ahuyentarlos y encontrarse algún trozo de carne. Y aun así el esfuerzo era en vano, ya que eran demasiados buitres y la poca carne ya estaba en lo profundo de la garganta de estos seres.

Estaba anocheciendo, el sol se ponía tras las exuberantes montañas de la Reserva natural donde aún habitaban los últimos gorilas del mundo, o al menos antes de que el mundo se fuese al traste. Los leones, a diferencia de otros animales, descansan durante el día y al caer la noche comienza su frenética cacería; antílopes, cebras, búfalos, y un largo etcétera, todos ellos asfixiados por la potente mandíbula del león. Sin embargo no estaban diseñados para grandes caminatas. Konto llevaba todo el día deambulando de un lado para otro arrastrando las zarpas por el camino. Así que al caer la noche buscó un sitio al resguardo para descansar. Craso error...
En una linde del camino, en el margen, Konto se tumbó bajo la aparente protección de malas hierbas que crecían por doquier. Apenas había cerrado los ojos cuando empezó a escuchar el batir ajetreado de un mar de alas negras sobre su cabeza. Al abrir los ojos, el león pudo observar como una vorágine de plumas negras de cuello pelado comenzaba a girar en torno a su cabeza, a pocos metros. Cada vez había más y cada vez volaban más bajo. Los buitres que habían estado persiguiéndole por fin creían que podrían devorar aquel moribundo y suculento león. Merecida recompensa ante tan arduo camino. Los sentidos de Konto se activaron, su cerebro se desbocó, su cuerpo, aterido por el cansancio apenas podía responder ante aquel evento. ¿Qué hacer ante esa situación? ¿Dónde esconderse? ¿Qué era aquel polvillo que se veía en la lejanía del camino? Podría ser una de esas chabacanas bestias de metal de los humanos, no era demasiado denso, pero Konto sabía cuánto les atemorizaba a los buitres aquellos entresijos metálicos. Descendían, graznaban, lanzaban picotazos, sus garras afiladas se cerraban en torno a la figura errática del león. Konto se bamboleaba a de un lado a otro del camino. Cada vez que levantaba la vista al cielo podía ver un nubarrón negro que se movía con presteza siguiendo sus pasos, y de vez en cuando de ese nubarrón se desgajaba un pedacito que se dirigía hacia él premuroso. Los picotazos le desgarraban la carne, y las garras le abrían heridas profundas. Moriría desangrado de no llegar a tiempo. Sus dentelladas no servían de nada, los buitres habían perdido el temor a las mandíbulas del león. Y pese a sus esfuerzos por rugir ya apenas le salía un chillido quejumbroso. Así que su única posibilidad de sobrevivir era que aquella polvareda fuese una mole metálica de los humanos. De ser una manada de hienas superviviente o cualquier otra cosa con insaciable apetito, moriría viendo cómo se peleaban entre sí ambos grupos por su apetecible cuerpo.
Sus huellas quedaban impresas en la arenilla del camino, manchadas de sangre y pavor. Ya casi apenas podía continuar sin que lo derribasen esos carroñeros implacables. Sus acometidas ya no eran solo con el pico y las garras, sino que también lo embestían pese al riesgo de ser atrapados por el león. Se reponía del golpe, levantaba sus maltrechas patas y proseguía su camino, cada vez más cerca de la polvareda. Casi había llegado cuando pudo apreciar que el grueso de la figura negra indistinguible no se movía, y había pequeños cuerpos intentando subirse a aquel mastodonte de metal. Dentro una figura se movía frenética intentando taponar el techo solar sobre el que había otra figura subida. Sus fuerzas se habían agotado, sus patas no respondían ante las indicaciones de su cerebro. Torpemente y con los buitres acechándole, se desplazó hasta la gran figura oscura y lanzó su último bramido. La rapsodia más oportuna para un león que iba a morir devorado por una horda de hambrientos buitres. Sus pestañas se cerraron, su lengua dejó de restallar incansable y sus patas se torcieron para dar un traspié y caerse justo delante del elenco. Ante la sorpresa del ser que había dentro de la mole metálica, sus atacantes huyeron despavoridos cuan alma que lleva el diablo. Ante su estupefacción, aquel león le había salvado de una muerte casi segura. De pronto, la camarilla de buitres descendió en tropel para reclamar su botín de guerra. El corazón de Konto aun bombeaba sangre, sin embargo estaba desprotegido. Una despedida indigna para el que fuese el rey de la sabana. Qué diantres, una despedida indigna para el que había recuperado su trono anteponiéndose al desastre vivificado en virus. De repente, tan pronto como los buitres rodearon el cuerpo, el conductor encendió una potente luz, y éstos, asustados por aquel sol repentino, emprendieron una retirada de lo más estruendosa.

Solo entonces la atemorizada figura salió de su escondrijo y se aproximó al león. Cuando se puso enfrente de aquella mortecina luz Konto, con los ojos entreabiertos por la sorpresa de seguir vivo, pudo ver a un humano con un rifle de aquellos que los cuidadores de la reserva empleaban para dormir a los animales heridos o desquiciados. Sintió un pinchazo minúsculo en comparación con las garras de los buitres, y vio cómo aquel humano iba a la parte trasera del sol de metal para sacar unos botes llenos de líquido que vertió sobre él. Ya no le quedaba apenas consciencia. Un letargo profundo tranquilizó el cuerpo del león, y lo sumió en un sosiego que no había experimentado desde los días en los que aún tenía manada. El humano y el león aunando fuerzas para protegerse mutuamente en una situación crítica. Chúpate esa Darwin.
Los baches que agujereaban el camino retumbaban toda la parte trasera del sol de metal, y en una de estas sacudidas los ojos del león angustiado por el bamboleo se abrieron desorbitados. Intentó levantarse alarmado pero sus heridas eran numerosas, impidiéndole ponerse en pie. Estaba rodeado por barrotes de hierro y un techo no muy alto. Aquel sitio estaba al descubierto y pudo ver el cielo cubierto de estrellas y una esplendorosa luna al fondo del horizonte. Es entonces cuando se le ocurrió mirar hacia atrás, en dirección a la cabina del conductor. Allí estaba un sudoroso y pálido humano, mirándolo y girándose a toda prisa al camino para no salirse del mismo y acabar con el pellejo pendido del parabrisas. Sus ojos exorbitantes e intranquilos arremetían con estupor contra el león, a diferencia de los suyos que le miraba con plena indiferencia. No comprendía lo que había pasado, pero los buitres habían desaparecido y, aparentemente, estaba a salvo entre barrotes. Entonces se percató de las múltiples heridas que aparecían por todo su cuerpo. Algunas de ellas, las más profundas, tenían algo húmedo y fresco sobre ellas de un tacto como la hierba, suave. Otras, las menos profundas, ya comenzaban a sanarse. Konto se las relamió una y otra vez, y de cuando en cuando bramaba algún que otro lastimero rugido. “Calma amiguito, pronto llegaremos a la cabaña de los guardas”.
Proximo Capitulo:
El Paseo de la Parca.





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