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¡Bienvenido

Al Horror!

Que la muerte te sea leve. (cap 1)

  • 14 may 2015
  • 6 Min. de lectura

La Naturaleza se las juega duras.

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Los rayos del sol mañanero se filtraban a través de las escuetas hojas de la Acacia, presagiando un caluroso día de verano, que se sumaría al resto de días del mes de no ser por ese olor a decrepitud que Konto respiraba en el enrarecido ambiente. Konto era el león más anciano de aquel paraje de la Reserva Natural de Uganda, en África Oriental. Hacía algo más de 2 años que había recibido la desagradable visita de dos machos jovenzuelos, ansiosos de destronarlo y, una vez depuesto, ocupar su privilegiada posición como macho dominante con derecho a progene. Los dos machos briosos lo pillaron desprevenido, sobrecogiéndole la situación la cual le obligó a huir abandonando todo aquello que le hiciese henchirse de orgullo; sus cachorros y sus leonas. Se lo arrebataron todo; sus cachorros fueron asesinados bajo despiadadas fauces felinas, y doblegaron a las hembras, las cuales sin duda habrían accedido a aparearse con sendos machos. Sin embargo, el poder es algo que abotarga el cerebro, contagiándole de una sed de poder que ciega incluso entre hermanos. Uno de los leones atacó por sorpresa al otro y ocupó su posición, irguiéndose en la roca más ensombrecida, bostezando y echándose una merecida siesta.

El rugido de Konto ya no serviría para llamar la atención, advertencias a incautos oponentes, siquiera para procrearse o bramar a sus cachorros…Todo eso se había acabado para él, ahora había sido empujado al ostracismo. Por las noches debía arrebujarse entre los matorrales por temor a las hienas, esas risueñas bobaliconas que en manada acabarían con el anciano león sin esfuerzo alguno. Pese a su desdichado e incierto presente, bamboleándose por doquier, Konto presentía algo raro en el aire, sea lo que fuere, algo iba jodidamente mal, palabras que rumoreaba el viento arrastrado a plena voluntad un mensaje de muerte. Hacía dos días que no había visto ningún animal vivo, sin embargo, los cadáveres se arracimaban por todas partes; Las gacelas no pastaban, los cocodrilos flotaban bocabajo en las grandes charcas, los bonobos pendían de las ramas de los árboles moribundos, con un rostro desencajado, compungidas las madres al ver a sus crías estampadas contra el suelo y sus sesos desparramados. La muerte anadeaba por aquel lugar en zapatillas de casa y pijama. Se sentía como en casa.

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Konto parecía ser el único animal al que no afectaba nada de lo que acontecía a su alrededor. Se alimentaba de carroña, cuerpos pútridos. Cuando se acercaba a una charca para beber, podía apreciarse en el reflejo del agua una figura más abultada, sobrante quizá de algunos kilillos de más. Las heridas que le infligiesen los hermanos ya apenas eran un recuerdo. De no ser por las pesadillas que le atormentaban y por el colmillo roto de su mandíbula superior izquierda, se diría que estaba estupendo.

De esta forma al viejo Konto se le ocurrió pasarse por su antiguo territorio, lo que antes dominase, para ver si alguien seguía con vida. Así es como emprendió la marcha de regreso, un retroceso sobre sus propios pasos, una regresión, un intento más simbólico que real de recuperar lo que era suyo, ¿Por qué no? Intentarlo no le costaría nada, se agazaparía para que no lo viesen, nada podía salir mal salvo morir intentándolo, y en su situación era preferible a permanecer en ese desolado mundo solo. El viento rumoreaba palabras que pasaban inadvertidas para el león; “Están muertos, y tú los acompañarás”…Konto continuaba impasible su marcha y al instante, sin preverlo siquiera “Están muertos, y tú, pronto, los acompañarás”

.

El calor era insoportable, la lengua le relampagueaba una y otra vez, de dentro afuera, y las almohadillas de las patas empezaban a molestarle, pequeños cortes se entreveían a cada zancada parsimoniosa. . Es entonces cuando, ante sus distraídos ojos, vio la respuesta a sus evidentes problemas; Una charca, y parecía impoluta, sin cuerpos putrefactos corrompiendo su salubridad. Se aproximó a ella vacilante, no quería que lo pillasen distraído, era un mundo peligroso “Están muertos, y tú, pronto, los acompañarás”.

La orilla estaba húmeda, pero en ella no había huella alguna, ni siquiera un indicio de que algún animal hubiese estado reponiéndose en aquella charca. Nada en absoluto “Están muertos, y tú, pronto, los acompañarás”. Fue al agachar la cabeza para beber cuando pudo ver algo que le había pasado desapercibido; Había un coche tendido allí mismo, con las puertas abiertas y sin la presencia de ningún humano, esos seres molestos que se creen con derecho a esclavizarlos y poner trabas e impedimentos en sus vidas, a exhibirlos, maltratarlos, asesinarlos, en fin, a aprovecharse de todo lo que no comporta la raza humana, aunque incluso ellos mismos se esclavizan entre sí, asesinan, maltratan, e incluso exhiben. La cautela debía ser prioritaria, no podía acercarse sin más a aquel lugar y revelar su posición ventajosa. Tenía que ser discreto y sibilino como solo un felino sabe ser. Konto se iba acercando paso a paso, y a medida que avanzaba el olor a chamusquina era más intenso. Pero al llegar no encontró rastro de humano alguno. De la parte delantera salía un humo denso y muy negro, el aire lo contorsionaba como si de una bailarina se tratase, y éste parecía hasta que cobrase vida propia. Alrededor del coche el aire estaba cargado, era como si algo impregnase el ambiente con mezquindad. Del asiento del conductor brotaban hilachos densos de sangre que descendían por el coche, y en el interior la esperpéntica escena que haría sonreír a Michael Myers. El conductor tenía las tripas colgando, y la parte superior de la cabeza justo por el cerebro cercenada en varios tajos. A la mente de Konto acudió con presteza la imagen del día en el que se transfiguró su imagen, en la que pasó de ser el rey león al rey de los bufones errantes; Sangre y saliva, muerte y desolación. El rastro de sangre del coche conducía como una carretera en la inmensidad del desierto a la parte trasera, la cual estaba tapada con una lona. Konto se envalentonó y decidió seguirlo a ver qué averiguaba. La cautela se quedó junto al cadáver del coche.


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En la parte trasera había barrotes de acero pero no se podía vislumbrar lo que contenía dentro, pues la lona sumía toda la parte trasera en una oscuridad insalvable. La curiosidad asaltó a Konto de nuevo. La curiosidad que mató al gato, esperando trastocar el resultado de ese desafortunado, o al menos para él, dicho. El león decidió liberar la lona arrebatándole de un zarpazo toda consistencia a las cuerdas de la misma. Agarró la lona tendida frágil y manejable sobre la parte trasera y tiró de ella con la boca. Una vez que la luz inundó aquel recoveco del coche antes sumido en la oscuridad, Konto notó como la pesadumbre se cernía sobre él con escarnecedores resultados; En el interior se encontraban las leonas que anteriormente pudiese considerar sus fieles y devotas hembras. Estaban muertas, junto con uno de los machos que llegaron con el amanecer de un nuevo día. Las hembras contaban con múltiples heridas en fauces y patas, como si algo desde fuera hubiese intentado atacarlas y éstas se hubiesen defendido. Pero las causas de su muerte no fueron las heridas.

De repente, algo sacó a Konto de sus cavilaciones. Un sonido proveniente del otro lado del coche restalló cual trueno. Conforme el león rodeaba el coche, pudo ver cómo la rueda trasera del mismo estaba embadurnada de sangre, una ponzoñosa y coagulada sangre oscura. No le resultó muy difícil imaginarse lo que se encontraría a la vuelta del coche; Un cuerpo humano, con cortes muy profundos en brazos y pecho y algunas hondonadas en la cabeza. Estaba rebozado en sangre y tierra, seguro que llevaba un buen rato intentando moverse del sitio. Algo lo anclaba a éste. En la ingle Konto pudo observar dos trozos de hierro hincados con tesón, un escollo difícil de salvar para el humano no muerto. Cuando se aproximó, aquel ser lanzó una mirada vacía y retorcida al animal cuadrúpedo. Dos ojos inertes carentes de expresión alguna. Solo su empecinamiento por darle alcance parecía resucitar a aquella bestia antes aletargada. Al lado de este cadáver vivo podía apreciarse gran actividad por la cantidad de huellas profundas que había cerca del mismo, y entonces comprendió que debía haber una tercera persona por alguna parte. Ésta fue la que amarró a ese ser al suelo y le había propinado los cortes en brazos y pecho. Cortes por otra parte más desesperados que hirientes. De repente, aquel ser aferró a Konto de una pata, no se dio cuenta de que inmerso en los susurrantes cuchicheos de su instinto deteriorado se había acercado mucho “Están muertos, y tú, pronto, los acompañarás”…Por suerte, aún le quedaban suficientes fuerzas al león, el cual pudo zafarse de su captor arrancándole una mano de un mordisco. Konto aprendería la lección a base de sangre y muerte. Aquel mundo se estaba desfigurando, y en sus últimos estertores intentaría arrastrar consigo a todo ser vivo que pudiese…Leones incluidos.






Continuará...

Proximo capitulo: ¡Dios no existe!


 
 
 

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